sábado, 25 de octubre de 2014

LA MUERTE NO DETIENE EL MUNDO

¡Hay solución para todo, menos para la muerte! Dice aquella vieja frase. ¿Hay solución para el cáncer? ¿Hay solución para aquel camino que conduce irremediablemente a la muerte? Pues no la hay.
Médicos, amigos, familiares, vecinos, compañeros dicen: si te atiendes a tiempo, lo vences ¡ten fe! ¿Es eso cierto? ¿Por qué la muerte nos arranca de los brazos a nuestros seres queridos? Si tenemos fe, si creemos que Dios los salvará, si rezamos sin parar.
Arly, siempre escuchó que el cáncer era un carma, que te hacia sufrir mucho, pero nunca antes había sentido tan de cerca como esa enfermedad borra poco a poco la sonrisa de una familia y dibuja en ella la tristeza y el llanto.
Rosenda Moreno, de 89 años, era la única abuela viva que tenía Arly. Rosenda o Lushi, como la llamaban de cariño, vivía en Ancash. Nunca antes aceptó venir a Lima, era feliz junto a sus animales, su chacra, su cielo azul, puro sin manchas oscuras como el de Lima.
Rosenda aceptó viajar por única vez a Lima, con la idea de sanarse. “Quiero mascar mi cancha, comer mi cholo” decía, pues no podía pasar ningún alimento, todo lo expulsaba. Antes de subir al bus, revisó cada parte de su casa, palmo a palmo como si fuera a verlos por última vez.
Una vez en Lima, miraba extasiada las calles, las casas, las pista como cual niño dando sus primeros pasos y descubriendo el maravilloso mundo que se rendía a sus pies. A pesar de la admiración, siempre repetía “nada es como mi casa, en Julio voy a regresar”.
Una vez hospitalizada, le diagnostican cáncer de Esófago. Una noticia que conmocionó a todos los familiares, pues lo que el médico continuó diciendo fue mucho más desgarrador: “el esófago se le cerrará, producto de tumor agresivo y no podrá pasar ningún tipo de alimento por la boca”
Arly se quedó casi petrificada, para ella fue algo muy duro. “¿Cómo alguien puede morir de hambre?”  Era una enfermedad nueva, nunca antes había imaginado que existiera algo así, “Un monstruo” repetía.
Rosenda nunca supo la enfermedad que la que aquejaba, nadie tuvo el valor de contárselo. Conforme avanzaban los días se fue deteriorando, tal como dijo el médico. Pero lo inquietante y mortificante para su nieta Arly, aquella que fue la única de sus 20 nietos que estuvo durante sus últimos meses, era que aquella viejecita quechua hablante que sacaba más de una carcajada  con sus ocurrencias, estaba completamente lúcida, era consiente de todo el sufrimiento, dolor y hambre.
Pasó casi un mes sin probar alimento, no podía pasar ni agua.” Es completamente inhumano, es la peor enfermedad que existe” decía Arly. Rosenda nunca perdió el apetito, nunca dejó de mirar y antojarse de lo que los demás pacientes comían a su alrededor. Un dolor indescriptible para sus hijos que estaban presentes en su agonía.
Su nieta, pedía a Dios para que este le quite la consciencia a Rosenda, para que le quite el apetito, ya que consideraba que era mayor el sufrimiento si está en plena conciencia de todo lo que te está pasando.
Al pasar las semanas se hizo una junta médica y se decidió hacerle una gastrectomía (ingresarle la comida directamente por el estómago). Muchas veces Arly se preguntó ¿Que sentirá al ver su estómago perforado, si ella nunca antes ha estado en un hospital? ¿Realmente se debe llamar a eso calidad de vida? Hasta ahora no le ha hallado respuesta a esa pregunta.
Muchas noches, Arly se quedó a dormir con ella y muchas no, a pesar de que mamá Rosenda se lo pedía. Pues las distintas ocupaciones que tenía no se lo permitían. Algo que hasta el día de hoy la mortifica.
“¿Quieres que te haga una pollera? Vamos a ir en Octubre a la sierra para bautizarte” Son palabras que Arly recuerda a cada momento, pues en Octubre fueron a Ancash, la tierra natal de la señora Rosenda. Se cumplió lo que mamá Lushi decía. Arly acompañó a su abuela en su último recorrido, pues su  deseo fue regresar a su pueblo.
El 7 de Octubre falleció, y Arly dejó todo, su trabajo, sus estudios, porque sentía que le debía las compañías que ella tanto rogaba. Nunca podrá perdonarse aquella noche que la dejó a pesar de que se lo pidió. “Si tan solo hubiera compartido un poco más con ella” lloraba sin consuelo su nieta.
Arly nunca antes había pasado un duelo, nunca antes había sentido la muerte tan cerca, nunca antes había visto apagarse como la vida se apaga.
Hoy, 18 días después, es un tema que la atormenta, un tema al que cree que no encontrará consuelo, un tema que está afectando su vida diaria, pues no se siente con  las fuerzas suficientes para seguir con sus responsabilidades. Pues no entiende como la muerte puede acabar con tantas cosas y lo peor como alguien muere, una familia sufre y el mundo sigue avanzando, los trabajos, las tareas, los quehaceres, todo sigue, nadie entiende tu sufrimiento si no es parte de tu familia, nadie para y te acompaña. Nada se detiene cuando alguien muere.

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